viernes, 26 de octubre de 2012

"Un descubrimiento casual"

Era mediados del verano, un típico verano nuestro, de temperatura agradable con un sol que se escondía perezoso detrás de una masa de nubes.
El paseo por la avenida que bordeaba la playa estaba lleno de gente, de niños correteando, vendedores de baratijas, terrazas donde la conversación relajada se unía al compás del rumor del mar suave y lento.

A lo lejos, asomada al balcón, estaba mi tía. Destacaba su vestido blanco, de estilo ibicenco, sobre su piel dorada por el sol. La casa miraba hacia el horizonte, amarilla y elegante.
Agité mi brazo para llamar su atención. Al verme me devolvió el saludo acompañado de una sonrisa.

Subí la escalinata estrecha que conducía a la vivienda. Una vez arriba, me recibió con un cálido beso. Mi tía Nieves es una mujer fascinante, admiro su fortaleza, su espíritu jovial, su dulzura.
La casa olía a merienda. En la mesita auxiliar había colocado algunas bandejas con un surtido de deliciosos bocadillos y pastelillos de crema, mis favoritos.
Desde la cocina se expandía un refrescante aroma a limonada. Allí estaba mi prima María que, sin dejar de remover el contenido de la jarra de cristal, me saludó con su sonrisa afectuosa. No nos veíamos desde las pasadas Navidades.

Esperábamos a los demás primos y llegaron poco tiempo después. Tal como nos suele suceder cuando estamos juntos, nos envolvió algo mágico, como si latiéramos con el mismo corazón.
Nos sentamos todos en la terraza. Teníamos hambre, así que decidimos trasladar la mesita al exterior porque allí nos encontrábamos más a gusto. Todo estaba delicioso. La conversación giraba en torno a anécdotas de la familia,  y algunas nos hacían reír con ganas al volverlas a revivir. Entonces fue cuando mi tía tomó la palabra, nos miró a todos y nos dijo tranquilamente:

─¿Sabían que yo conocí a mi madre, a la abuela, cuando tenía cuatro años?
Nuestra primera reacción fue reírnos a carcajadas. Era una ocurrencia sorprendente. En medio de nuestras risas, una de mis primas le comentó:

─¡Vaya! No sabía que fueras adoptada.
De nuevo, siguió la carcajada general.

─Pues lo digo en serio. No es una broma. Y, por supuesto, que no fui adoptada.
No callamos y la miramos aguardando a que nos lo aclarara todo. Casi habíamos acabado con el contenido de las bandejas. Nos estábamos tomando el último vaso de limonada y nos acomodamos esperando, con cierta incredulidad, la historia que empezó a relatarnos:

"Recuerdo mi infancia en la casa de la abuela, una casa llena de gente siempre ocupada en un sin fin de tareas. Cada estación tenía las suyas propias. A mí me encantaban los inicios del otoño. Las habitaciones se impregnaban del perfume de los membrillos y, cuando se preparaba la confitura, entrar en la despensa era un viaje maravilloso a través de los sentidos. Creo que ese olor quedó para siempre impregnado en sus paredes.
Me gustaban también los días en los que se regaban los helechos. Recuerdo que, desde el lugar del que colgaban sus largas hojas, el agua de la regadera caía como lluvia y nos gustaba ponernos debajo y mojarnos. Mi madre se enfadaba, claro está, luego había que secar el suelo y eso ya no me agradaba tanto.

Finalizaba el verano de mis recién cumplidos cuatro años. En la salita donde todos se sentaban cada tarde, la radio emitía un programa de canciones. Recuerdo a Jorge Sepúlveda con su "Casita de papel".
Mis hermanas mayores cosían. Algunas estaban preparando su ajuar: bordaban unos manteles o ropa de cama. Yo me entretenía ayudando a hacer un ovillo con una madeja de lana que rodeaba el respaldo de una silla.
Una de ellas cosía un vestido pequeño.

─¿Para quién es?─ pregunté.
Mi hermana Pepa, me miró, lo puso delante de mí y me dijo con dulzura:

─Pues es para una niña que va a ir a la escuela pronto porque se está haciendo mayor.
─¿Para mí?─pregunté de nuevo con una nota de orgullo.

Era verde, de un verde precioso, de talle bajo y con un cuello redondo, blanco igual que los botones que bajaban en fila hasta la faldita. Las mangas cortas y un poco abullonadas tenían en el borde un pequeño encaje blanco. La tela la había visto antes, pero no recordé hasta más tarde que procedía de un vestido que perteneció a otra de mis hermanas.
Aquella noche no pude dormir. Ir a la escuela me entusiasmaba, quería aprender a leer, quería estar con otras niñas y jugar con ellas, pero al mismo tiempo tenía  miedo, como cuando pasaba delante de la salita o de las habitaciones que permanecían misteriosamente cerradas y en las que estaba totalmente prohibido entrar. Siempre corría a toda velocidad, como si hubiese algo dentro dispuesto a atacarme. Los días en los que se abrían de par en par sus ventanas, era como desnudar sus secretos, en especial los de la sala, con sus espejos y sus cortinas que caían recias desde el techo hasta el suelo. Bueno, eso es ya de otra historia...

Cuando entré en la escuela, se abrió para mí un mundo fascinante. Solía sentarme con un grupo de niñas con las que también jugaba en el tiempo de recreo. Hablaban de sus cosas, de lo que sus madres hacían. Yo las escuchaba: "mi madre hace esto", "mi madre cocina aquello", "mi madre", "mi madre"...
Quedé pensativa, callada. ¿Qué podía decir? Me miraban como esperando algo sobre mi madre.
"¿Mi madre? ¿Yo tengo también  madre?"

Estuve dándole vueltas a la cabeza. Pensé en mi casa, en todo lo que allí sucedía. Cuando llegué de la escuela, dejé la pizarrita en mi dormitorio y me dirigí a la cocina. Tenía sed, como siempre que regresaba del colegio. Bebí un vaso de agua que me sirvió...¡Mi madre!
¡Claro! Repasé todos los nombres de mis hermanas. La mayor era la que siempre estaba pendiente de mí, pero la mujer que me sonreía en la cocina, con su pelo recogido, a la que siempre veía trabajando, atendiendo a las gallinas, cuidando con mimo las flores, tostando el millo para hacer el gofio..., siempre ocupada; pero que cada noche me arropaba, me frotaba los pies cuando hacía frío o se quedaba toda la noche a mi lado cuando me ponía enferma, ella... ¡era mi madre!
Suspiré aliviada, le di un beso y me fui a jugar con mi hermana pequeña, Isabel. ¡Ya podía contar a mis amigas cosas sobre mi madre!."


─¿Qué les ha parecido la historia? ─nos preguntó con una sonrisa─   Es lógico, si lo piensan bien. Aquella era una época difícil y siempre las hermanas mayores cuidaban de los pequeños. Los abuelos tuvieron que trabajar duro, éramos una familia grande.

Nos quedamos boquiabiertos. Nunca habíamos oído esta anécdota de sus labios.
Entre risas y recuerdos, la tarde transcurrió apacible, igual que como empezó. Casi sin darnos cuenta, fue anocheciendo. Las farolas del paseo se encendían con timidez y la playa fue quedándose vacía.

Pensé en los relatos de la familia que han configurado mi vida. Algunos forman parte de lo cotidiano, sin interés especial, otros sin embargo son sorprendentes y fascinantes. Podría contarlos ahora, pero mejor los dejaré para otra ocasión.

 

miércoles, 3 de octubre de 2012


"Neko, un gato feliz"

Recuerdo todavía tus maullidos suaves. Estaba asomada a la ventana y observé que venían desde uno de los setos que bordeaban la casa. Era una mañana fresca, limpia y la tierra desprendía un intenso aroma. No sé si aun sientes el tacto de mis manos cuando te recogí del suelo, eras tan blando y esponjoso... Cabías en mi palma y entonces elevaste tu carita y tu mirada azul me enamoró. A partir de aquel día entraste a formar parte de mi vida.

Pensándolo mejor, tal vez no recuerdes con alegría nuestro primer encuentro porque, inmediatamente, te metí en una palangana de agua jabonosa, agradablemente templada, al menos a mí me lo parecía. Tal vez lo que vino después te gustó más: un mullido cojín y un cuenco con leche.

Te he visto crecer, siempre a mi lado, pero disfrutando de una libertad absoluta. Me encanta cuando te acercas a mí y buscas tu hueco, te agasajas y es entonces cuando empiezas un ronco concierto, un ronroneo que adormece y serena. Tus ojos van cerrándose poco a poco y tu cuerpo se relaja.

Goloso sibarita, te relames los bigotes cuando te pongo tu ración de carne. Astuto cazador, sales al jardín y no dejas en paz a los petirrojos. Ahuyentas a los ratones y en más de una ocasión vienes con uno en el hocico, como si transportaras un trofeo para mostrármelo orgulloso de tu hazaña.

Eres un gato de buen carácter, dulce, cariñoso. Sé que tu paz y tu sosiego se perturbaron cuando llegó Tiara, esta perrilla nuestra, nerviosa y metomentodo que pretende controlar tu vida y que no te deja reposar tranquilo, ni acercarte a su comida. También he descubierto que cazar junto a ella es un aliciente para ti y que dormitar a su lado puede ser un momento dulce para los dos.

 

miércoles, 1 de agosto de 2012

Una noticia

Les dejo el enlace en el que podrás adquirir el libro "In crescendo" , publicado por Anroart, en el que he participado junto a otros autores:

Cristina Calduch Cortés, Ernesto Diéguez Casal, María José Guallart, Berta Roca Abuín, Raquel Romero Luján, Miguel Torija, Dominique Vernay Juillet



domingo, 10 de junio de 2012

Resumen de un encuentro

"El proyecto: In Crescendo
Al bajar del avión me impactó el aire seco y caliente. Dejaba atrás a mi adorado alisio, siempre fiel, soplando en la bahía de Gando y refrescándolo todo con su humedad y su dulzura.
Llevaba casi dos años compartiendo con ellos, a través del correo electrónico, de los blogs, una afición: la escritura. Me había formado una idea de cómo serían por medio de sus palabras escritas, de sus correos, algunas fotos, pero... no es lo mismo.
 
Era una de las del grupo que no había podido acudir al primer encuentro que tuvo lugar en Madrid el año pasado, así que llevaba una pequeña desventaja respecto a los que ya se habían conocido personalmente.
El sábado, 2 de junio, me levanté temprano y, junto a mi marido, llegué a la Feria del Libro de Madrid. Mi primera reacción fue de asombro ante lo que me pareció inmenso en todos los sentidos.
Buscamos la caseta 45 (Maidhisa) donde iba a ser expuesto nuestro proyecto: un libro titulado "In crescendo", fruto del trabajo de los ocho miembros del grupo (procedentes de distintos puntos del país) De pronto, me sobresaltó la voz de megafonía que anunciaba los nombres de los autores que estarían firmando su obra durante la mañana. ¿Eh? ¡Nuestros nombres por todo el espacio de la Feria!
Fue en ese momento cuando pensé que todo iba en serio.
No vi ningún rostro conocido. Temía tropezarme con alguien y no ser capaz de reconocerlo, soy muy mala fisonomista. Solamente tenía como referencia unas fotos.

Me acerqué a la caseta y alguien con sonrisa amable y voz suave comenzó a mostrarme el libro. La dejé hablar, me latía fuerte el corazón, y en el momento en que me comentó que eran unos relatos escritos por ocho personas, yo le dije que era una de ellas.
Allí estaba Dominique. Risas, abrazos y todo, en adelante, fue sobre ruedas. No importaba el calor, era otro calor el que importaba. Luego Berta, Coque, Ernesto, Raquel y más tarde Cristina. En nuestro pensamiento, Miguel, que no pudo acudir a la cita.
Valoro ese encuentro con personas entre las que me siento como en casa, como si nos  conociéramos de siempre.

                                                    La mañana transcurrió maravillosamente.
Estaba previsto presentar nuestro libro en “Los diablos azules” por la noche. En cierto modo fue mostrarnos a nosotros mismos, ya que cada uno comentó una parte de nuestra historia y leyó un fragmento escogido de uno de sus relatos.

Luego, la cena en un ambiente agradable y familiar.
No puedo dejar de agradecer a Jorge Liria (Anroart) que haya creído en este sueño y nos haya permitido hacerlo realidad.

Me apenó no estar también el domingo en la Feria. Mi vuelo de regreso salía pronto y ya mi cadera recién operada había soportado más de lo que podía tolerar. Pero una cosa es cierta, conservo en mi interior las sensaciones que me produjo la experiencia de publicar un libro, pero sobre todo la de conocer a las personas con las que compartí virtualmente ese sueño.

sábado, 7 de abril de 2012

"El estanque”

Hacía diez años que no visitaba el pueblo. Abrí la ventanilla del coche y aromas familiares sacudieron mi memoria. A lo lejos, el sol agotaba su jornada. Debía apresurarme para no llegar tarde. Me esperaban.

Detuve el coche. Frente a mí, la casa y al fondo, la vereda… Pero no quiero ahora recordar aquello.
Abrí el maletero y cogí mi pequeño bolso de viaje. No pensaba quedarme mucho tiempo, así que solo había cogido lo imprescindible para unos pocos días.
La casa estaba tal como la recordaba, blanca, con sus ventanas pequeñas. Abrí la puerta y entré. Notaba los latidos del corazón. Por un momento me pareció escuchar la voz de la abuela. Siempre atareada, con su pañuelo blanco  cubriendo sus cabellos. Pero ya ella no estaba.
El aroma de las flores lo impregnaba todo. Sobre la mesa y sobre la repisa de la chimenea destacaban unos maravillosos ramos de flores frescas. Esa es mamá, pensé. Es propio de ella. Siempre que alguien iba a la casa era recibido con flores.
Cerré los ojos y sonreí cuando sentí su mano cálida en mi espalda. No me sobresalté porque su presencia era siempre suave y dulce. Nos abrazamos y en pocos instantes mi vida recobró el ritmo.
Había preparado la cena. Nos sentamos a la mesa. Su conversación me envolvía, como siempre. La sentí sola, no triste, sino sola.

 De pronto, una ráfaga de viento sacudió la ventana y ésta se abrió golpeando la pared. Por unos instantes temí que se hubiera roto. Era una ventana hermosa, pequeña, de líneas medievales. El sol se colaba por ella y se esparcía suavemente por toda la estancia. De niña me encantaba comprobar cómo distorsionaba el paisaje al mirar a través de sus cristales. Ella y la abuela formaban un  delicado conjunto. Allí cosía, tarde tras tarde.
Recogimos los platos y subí a mi antiguo dormitorio.  Saldríamos por la mañana. Dormí plácidamente toda la noche.
Amaneció con suavidad. El aire era fresco, pero agradable.
Unos bocadillos y agua fresca para el camino, eso bastaría.

Detrás de la casa se extendía el sendero. Poco a poco, a medida que avanzábamos, el aire se volvía pesado. La vegetación lo había invadido todo, la humedad era fragante. Hileras de sauces se curvaban a nuestro paso como si quisieran escuchar nuestros pensamientos.
Regresar al lugar que había sido el mundo de nuestros juegos de infancia me emocionaba. Mi prima, mi hermana y yo formando un trío entrañable verano tras verano.

El camino empezaba a aclararse. Estábamos cerca. El croar de las ranas rompía el silencio. Me di cuenta de que no habíamos hablado mucho durante todo el trayecto. Llevaba un ramo de flores en las manos. Siempre tan atenta a los detalles.

El estanque…

Me costaba respirar. Tantos años sin pasar por aquí. El puente de hierro, de formas suaves, casi envuelto por las ramas delicadas de viejos y lánguidos sauces  que parecían desmayarse y, sobre las quietas aguas del estanque, los nenúfares con sus hojas anchas daban al conjunto una delicada pincelada de color.

Allí sucedió todo, un día como hoy, el 12 de mayo de 1968. Nunca sabremos cómo.
Jugábamos a escondernos por los alrededores. Era el lugar perfecto para desaparecer. Dejaron de croar las ranas y ya no se escuchaba el canto de los pájaros.

Aquel grito lo había roto todo. Unas manos pequeñas intentaban salir a flote. Las raíces de los nenúfares se lo impedían. No se pudo hacer nada.
Jamás volvimos a jugar allí. Creo que jamás volvimos a jugar. Mi prima se marchó con sus padres después del entierro. Dejamos de vernos con tanta frecuencia.
Mi madre sujetó el ramo en el puente con un lazo azul, su color favorito. Cerró los ojos, supongo que rezaba. Yo hice lo mismo.

En medio de aquel silencio nos dimos la mano. Pensé que debía sentirse sola. Nunca se quejó cuando le dije que me marchaba a la ciudad.
Sentí que de nuevo recobraba la paz. Se desvaneció toda sombra de culpa y entonces rompí a llorar. Lloré como no lo pude hacer entonces. Sólo tenía once años. Mercedes tenía seis…

Me di cuenta de que también estaba sola. Miré a mi madre. Ya lo había decidido. Debía permanecer a su lado, ahora me necesitaba y… yo a ella.




martes, 28 de febrero de 2012

"No es amor lo que se pide"

"No es amor lo que se pide
ni tan siquiera razones,
envuelta en soledad, se embota y se gasta el alma.

Sus ojos evitan miradas, reproches, desaires,
escapan al vacío, a la nada.
Sueña lo inmediato, le importa lo justo el futuro,

es más, si lo piensa bien, nada.

Transita errante y taciturno por oscuras callejuelas,
buscando su firmamento, su rincón, su cobijo,

lo que sea.

Tirita de frio, observa a distancia…
Allí, las irreales ventanas herméticas,

amarillas barreras para el sosiego.
De nada le sirve…, pensó una vez,

Ahora ya nada piensa ¿para qué?

Rebasa ya la mirada, la palabra, el gesto.
Ausente la mano cálida sobre la suya,

rota ya de atesorar sombras.
¿Cómo llegó hasta aquí?

¡Qué frío! le grita el alma.
Cierra los ojos, anhela…

Otro día vendrá.

Mañana. Mañana. Mañana.

martes, 6 de diciembre de 2011

"Calima de otoño"

A lo lejos se divisaba la silueta de un barco  desdibujada por la intensa calima. Así le hubiese gustado a él desaparecer en otro tiempo.
Daniel cerró el ventanal, el aire seco irritaba su garganta y le dolía la nariz al respirar. Desde que era un niño, recordaba, una de las cosas que más odiaba era asomarse a la ventana y contemplar el horizonte desdibujado entre una especie de niebla amarillenta. Sabía que un par de días más tarde su hermana estaría congestionada. Tendría que quedarse con ella. Nuria le gustaba, la quería mucho, pero mientras la mantenían resguardada él tampoco podía salir a la calle a jugar. Y la calima venía varias veces al año.
Volvió a sus quehaceres con un ritmo lento. Llevaba, casi toda la mañana,  ocupado en ordenar la casa. Miró a su alrededor y se dio por satisfecho.
Llamó a la perra con un silbido. Al ponerle la correa, el animal  intuyó que saldrían a pasear. Bajaron las escaleras y la perrita hizo su parada habitual en la farola situada frente al portalón.
Daniel encendió el cigarrillo, guardó la cajetilla en el bolsillo de la chaqueta y se dirigió al parque.
Mientras avanzaba le vinieron a la memoria los acontecimientos que le marcaron y transformaron su vida para siempre.
Todo empezó un día de calima, similar al de hoy. Era también mediados de otoño. Se dirigía al trabajo. El negocio estaba a pocas manzanas de la casa, así que siempre hacía el trayecto a pie. Disfrutaba del paseo, le encantaba detenerse y charlar con algún vecino.
Pensaba en lo que se había convertido su vida. Su padre no le había dado opciones. Aquel hombre dominante le infundía tanto temor que se sentía incapaz de contradecirlo.
Él amaba la pintura y cuando le planteó a su padre que quería estudiar Bellas Artes este no se negó. Pero debía trabajar en la joyería simultáneamente.
Sin darse cuenta, el negocio familiar se fue convirtiendo en una salida a todo lo que estaba descubriendo en la Facultad. Así que, poco a poco, fue creando originales diseños con materiales nuevos que transformaron el estilo de la joyería.
No fue nada fácil. En un principio, tropezó con su padre que no comprendía los cambios que Daniel pretendía introducir en la joyería. Sin embargo, el negocio prosperaba y eso hizo que el anciano lo dejara en paz. Una clientela nueva, joven, se dejaba caer por la tienda en busca de novedades y en un año logró gran prestigio en toda la isla. De todas partes venían a comprar aquellos diseños tan originales.
Pero la mañana de otoño, que no podía olvidar, seguía produciéndole angustia cada vez que iba al trabajo, y eso que habían pasado casi diez años. Era un día de noviembre, amarillo y seco. Soplaba el viento y caminaba presuroso porque llegaba tarde al trabajo. Sabía que encontraría a su padre malhumorado, no podía soportar la impuntualidad y se lo recriminaría todo el tiempo.
Parado en el semáforo veía la joyería. Presintió que algo no iba bien.
Al acercarse notó que la puerta estaba medio abierta. Siempre estaba cerrada. De hecho la clientela debía tocar el timbre para entrar. La inseguridad que se respiraba en la zona había obligado a muchos comerciantes a aplicar ese sistema. La reja del escaparate seguía bajada, lo que era extraño ya que subirla era lo primero que hacía su padre.
Se acercó con sigilo y miró a través de la cristalera. En un lado del mostrador principal asomaban los zapatos de su padre.
Empezó a latirle el corazón. 
Allí en el suelo, sobre un charco de sangre que brotaba del costado veía cómo la vida de aquel hombre se agotaba.
Poco rato después, los servicios de urgencias se personaron en la joyería. Su padre seguía con vida, pero había perdido mucha sangre.
En el hospital, sentado en la sala de espera, sentía el paso lento de cada minuto, de cada segundo. No quería pensar que su padre moriría.  
Un médico vestido de verde,  de aspecto cansado,  se le acercó. Habían transcurrido casi tres horas, el peligro había pasado.  Su padre debía permanecer unos días más en cuidados intensivos, pero había esperanzas de recuperación.
Entonces Daniel lloró aliviado. No lo dejó solo ningún instante. Era ahora consciente de cuánto amaba a aquel hombre en apariencia seco e insensible. Se emocionó cuando en un gesto de cariño le dijo que estaba orgulloso de él.  Fueron sus primeras palabras después de abrir los ojos, breves pero significaron mucho para él, lo significaron todo.
Estaba cerca del parque. Mientras rememoraba lo sucedido, iba pensando que después de aquel día ya nada fue igual. Su padre se recuperó, pero su salud ya nunca fue buena. Entonces a él no le quedó más remedio que hacerse cargo del negocio.
Pensó en Sofía, siempre alegre y positiva.
Con ella descubrió el lado positivo de todo lo que le estaba sucediendo. Fue la época más feliz que recordaba haber vivido. Sin embargo, su tendencia al desánimo, a cerrarse en sí mismo, a callar, fue minando la relación con el paso del tiempo. Sofía se apagaba a su lado, él lo comprobaba día a día. Él fue quien planteó darse un tiempo. Aún la recordaba mientras se alejaba de la casa y se subía al coche. Entonces comprendió que había cometido el mayor error de su vida. El vacío que sintió en su estómago le impidió comer en varios días. Aquel ayuno sirvió para descubrir sus errores y para trazar su nueva vida. Sabía que había muchas cosas que cambiar, luego, volvería a conquistar a Sofía. Tal vez…
De pronto, tuvo que sujetar la correa de la perrita porque ésta empezó a dar saltos y a ladrar sin control. Corría casi por el paseo tratando de sujetarla, pero se le escapó de las manos. Iba detrás de ella y entonces comprendió lo que había pasado. Allí, en el banco, sentada a la sombra con un libro en la mano,  estaba Sofía. Se dejaba lamer por el animalito que movía la cola con delirio.
Levantó la mirada hacia Daniel y le ofreció una sonrisa.
—¡Hola, Sofía! No esperaba encontrarte aquí.
—Pues, en realidad, vengo con frecuencia. Te suelo ver paseando con la perrita cada día. Pero, hoy quería encontrarme contigo.
Daniel la miró con afecto y obedeció el gesto que Sofía le hacía para que se sentara a su lado.
—Tengo que pedirte un pequeño favor.
—Tú dirás.
—Verás. En el museo donde trabajo se está organizando una exposición de joyas de diseño. Yo coordino el trabajo y me preguntaba si tú querrías cedernos algunos de tus trabajos.
—¡Vaya! ¿Y eso es un favor que te puedo hacer a ti?
—Sé que durante el tiempo que las tengamos no vas a poderlas vender.
—Pero, es también otra forma de hacerme publicidad ¿no?
—Tienes razón. ¿Entonces…?
—No tengo ningún inconveniente. Me encantará colaborar en algo que organizas tú.
—¡Gracias! Eres estupendo ¿Cuándo puedo pasar por la joyería para escoger las muestras?—le dijo Sofía.
—Hoy no abro, así que es perfecto. Podríamos almorzar primero. Pasamos por casa a recoger la llave y dedicaremos el resto de la tarde a elegirlas. ¿Qué te parece?
—Me parece una buena idea.
Se levantaron del banco y se dirigieron hasta la salida del parque. Empezaba a soplar el alisio. En poco tiempo, la calima se alejaría y el aire volvería a estar limpio, húmedo y transparente.
Daniel sonrió lleno de esperanza.

sábado, 23 de abril de 2011

“La última batalla”


Levantó la vista hacia el horizonte y por un segundo una gaviota que levantó el vuelo le obligó a situarse de nuevo en la realidad.
Llevaba varias horas dándole vueltas a la cabeza. Más que horas. Si lo pensaba fríamente llevaba años, casi toda la vida esperando un momento como el que se le presentaba.
Jaime había crecido en una casa en las afueras. Una casa que siempre estuvo llena, sobre todo llena de miseria. Era el penúltimo de siete hermanos con un padre siempre ausente y una madre diminuta pero con un coraje inquebrantable.
Desde que era pequeño aprendió que ser de los más pequeños no era sinónimo de un trato especial. La vida era dura fuera y dentro. Sentados a la mesa con caras hambrientas esperaban a que la madre pusiera en los platos el escaso sustento del día.
Primero los mayores, los que trabajaban, después lo que quedaba, para los demás.
A veces, ella se iba a la cocina y dejaba que el tiempo pasara porque ya no había más. En más de una ocasión, les decía que ya había comido, así los acallaba cuando le preguntaban que cuándo iba a sentarse a la mesa.
Jaime recordaba esto ya con la serenidad que dan los años. Fue una infancia difícil, y una época de interminables miedos, pero no podía decir que fuera del todo desdichado. Hubo momentos felices, llenos de juegos y aventuras infantiles, caricias maternales.
Casi noventa años de lucha. Y ahora le esperaba otra, tal vez una de las más duras.


Miraba el horizonte y cuando el mar se tragaba el sol poco a poco, empezó a notar la brisa fresca en su cara. Se ajustó la chaqueta, sintió frío, un frío que le calaba el alma.
La vida le había enseñado a no esperar nada de nadie. La desconfianza marcaba su carácter fuerte y socarrón. Era un anciano que disfrutaba de independencia. Añoraba a su mujer. Fue a su lado donde aprendió a volcarse en los demás. Pero ella se fue y el hermetismo se instaló de nuevo.
Anochecía, sabía que no le quedaba más remedio que regresar a la casa.
El camino de vuelta lo hizo lentamente. Las ventanas estaban iluminadas. Seguro que ya estaba allí, esperándolo. Sus tres hijos. Buenos hijos, dos hermosas mujeres, siempre cariñosas con él, y el más pequeño, un joven alegre y vital, como la madre.


Se paró delante de la puerta. Allí había vivido más de cincuenta años, con ella. Allí crecieron los hijos y luego se volvió a llenar de risas infantiles con los nietos, que rodeaban a la abuela como pollitos. Ella fue siempre el centro de todo y él disfrutaba con ello.
Sabía lo que le iban a decir. Lo supo en la última visita al hospital. Como solía hacer cuando algo iba mal, fingió que no había entendido lo que el médico le explicaba. Miró a su hija mayor y observó cómo su cara se desencajaba y cómo trataba de contener las lágrimas.


          — ¿Sabes una cosa, papá?—le dijo mientras se dirigían al aparcamiento— Te tienes que mentalizar,  ya no puedes estar solo en la casa. Has oído al doctor.
          —¿De qué me hablas? Tú siempre te empeñas en ver las cosas de color oscuro. Desde que murió tu madre no has tenido otra idea en la cabeza que la de que no esté solo en mi casa.
          —No es eso, papá…
          — Yo puedo desenvolverme perfectamente. —la interrumpió el anciano— Sabes que ser independiente es algo muy importante para mí. Debes comprenderlo y respetarlo. No quiero ser una carga para mis hijos.
          —Papá, las cosas serán distintas para ti y tú sabes que no eres una carga para nosotros. ¿No lo quieres entender?


El camino de regreso transcurría en silencio. Jaime sabía que su hija tenía razón. El médico había descrito perfectamente la evolución de su enfermedad.
          —Hablaré con mis hermanos y nos reuniremos para hablar de todo esto. ¿Te parece?
          —Como quieras, al final se hará lo que tú digas—respondió con malhumor.
De nuevo el silencio. No hablaron más hasta que llegaron a la casa.


Al día siguiente, recibió una llamada. Era su hijo Pedro. Se verían el sábado por la noche y llevarían algo para cenar.
Ahora, mientras los contemplaba a través de la ventana, supo que ya los hijos habían tomado una decisión. Él ya no contaba. Tendría que trasladarse a la casa de uno de ellos. ¿A cuál? Le entró un escalofrío, más que de miedo, de incertidumbre.


Mientras escuchaba sus voces se dio cuenta de que, en el fondo, a él ya le daba igual. De cualquier forma, no estaría en su casa, ni en su espacio. Aunque, bien pensado, de poco iba a servir, no había nada, ni siquiera tiempo suficiente para luchar. Estaba a punto de emprender su última batalla.





















sábado, 19 de febrero de 2011

“El viaje”

—Entrando en pista para despegue…

Ya no había vuelta atrás. La voz del comandante era ya una afirmación. El avión cogía velocidad y comenzaba a tomar altura.
Cerró los ojos cerrados y se aferró con la mano derecha a un pequeño rosario del que empezó a desgranar un sinfín de avemarías rezadas con nerviosismo. No era su primer viaje, pero no acababa de acostumbrarse. El despegue y el aterrizaje eran los dos momentos de sufrimiento para ella.
A medida que el avión iba logrando su nivel de crucero y se estabilizaba, Martina se encontró más relajada y recobraba la calma poco a poco.
Ya se sentía capaz de mirar por la ventanilla. Le gustaba contemplar por última vez el paisaje que había dejado atrás y cómo se iba alejando y perdiéndose entre un mar de nubes.
Entonces, poco a poco, fue percatándose de todo lo que tenía a su alrededor. Detrás, un niño insoportable que no paraba de dar patadas al respaldo de su asiento y su madre que no hacía nada para evitarlo. La señora sólo prestaba atención a la lectura de una revista de moda. Una mujer joven, de buena presencia, pero que hacía la vista gorda al inquieto de su hijo. Paciencia, se dijo.
Delante, una pareja. Por lo que captaba de su conversación, debían ser ingleses que regresaban de sus vacaciones. Debían rondar la treintena.
A su lado, un asiento vacío. Lo agradeció. Pudo colocar allí su bolso. Sacó su libro y comenzó a leer. Afortunadamente, la criatura de atrás ya se había dormido y el viaje se presentaba agradable.
Comenzó a darle sueño, cerró el libro dejando su dedo pulgar entre las páginas.
—¡Señora! ¡Despierte! ¡Señora!¡Vamos! Debe ponerse el cinturón de seguridad. Pasamos por una zona de turbulencias.
—¡Dios mío!—dijo Martina y su cuerpo empezó a temblar.
—No se preocupe. Es por seguridad. Pasaremos esto pronto. Usted cierre los ojos y trate de relajarse.
—De acuerdo —dijo sin convicción.
El avión empezaba a moverse y parecía que en ciertos momentos perdía el control. Martina metió la mano en su bolso y de nuevo cogió su rosario. Las avemarías pasaban rápidas, sin pausa, una detrás de la otra.
El niño de su asiento trasero empezó a emitir toda clase de ruidos, a veces parecían aullidos, cuando el avión descendía gritaba como si estuviese en una montaña rusa. Desde luego, se lo estaba pasando estupendamente el mocoso.
Miró hacia atrás y lo vio. Tendría seis años, de pelo corto y de color pajizo. Sus ojos claros resaltaban en unas mejillas llenas de pecas. El niño la miró y con esa intuición que tienen los pequeños comprendió que la mujer estaba asustada. El avión hizo de pronto un descenso brusco y largo, tan largo que parecía que estaba a punto de perderse en el abismo descontrolado.
Martina, cada vez más pálida, no pudo evitar dar un grito y, entonces, el niño le habló:
—¡Vaya! ¿Tiene miedo? Yo no y eso que soy un niño pequeño.
—No molestes a la señora, Carlos. —dijo por primera vez la madre de aquel pequeño con aspecto de duende.
—No se preocupe. Al menos no estaré tan pendiente de las turbulencias.
—Noté desde el principio que la asustaba volar. ¿Viaja sola?
—Sí, voy a Londres. Mi hija Luisa vive allí. Se casa dentro de un mes. Tendría que haberse casado en su tierra, pero el padre de Peter, su novio, está delicado de salud y no le convienen los traslados en avión, así que me ha tocado a mí, que estoy sana aunque aterrorizada.
Rieron las dos mujeres. De pronto, el avión descendió bruscamente y la mayoría de los pasajeros comenzó a perder el control. La señora inglesa del asiento de delante comenzó a vomitar. Las cosas se ponían feas y Martina apretó fuertemente el rosario y cerró los ojos. Trataba de no contagiarse por el histerismo general.
El comandante habló a los pasajeros, intentaba tranquilizarlos, pero a ella le dio la impresión de que el tono de su voz no era optimista. El avión se movía cada vez más, parecía de juguete. En uno de los bandazos, se desplegaron las mascarillas de oxígeno. Martina se ajustó la suya. De pronto, una luz intensa y después todo se oscureció.

*** *** ***

Durante toda la semana apenas había salido el sol. Unas nubes plomizas parecían no tener la intención de abandonarlos. Luisa estaba asomada en la ventana y contemplaba la avenida con todos sus árboles desnudos. Hacía mucho frío. La gente caminaba con las bufandas tapando sus rostros. Sintió lástima al recordar a su madre y lo poco que ella toleraba las bajas temperaturas. Contaba los minutos que faltaban para ir al aeropuerto a recogerla. Llevaba casi un año sin verla. ¡La echaba tanto de menos!
Se dio la vuelta y miró su vestido de novia. Era un traje precioso, de corte sencillo y elegante. Se sentía tan feliz, sólo faltaba tener a su madre con ella. Tenía que haber esperado al verano, pero en esas fechas era imposible. Peter y ella debían estar en junio en su nuevo destino. Trabajaban en la misma empresa y aceptaron trasladarse a Escocia.
Sonó el teléfono. Cogió el auricular, pero la voz que escuchó era desconocida. Era una voz apagada que empezó a hablar con cautela.
Ella iba contestando mecánicamente a las preguntas que le hacía. Mientras oía no dejaba de mirar su vestido de novia. Sólo le martilleaba una frase: “Su madre iba en ese vuelo, lo lamento muchísimo, señorita”…

miércoles, 2 de febrero de 2011

“NO ES TAN DIFÍCIL”


Nauzet y su perro Polucho eran inseparables. Nauzet tenía nueve años y era bastante maduro para su edad. No tenía amigos. Hacía pocas semanas que vivía en la nueva casa y los niños de su calle apenas le prestaban atención. No sabía jugar bien al fútbol, que era a lo que se dedicaban todos por la tarde.
El verano transcurría lento y sofocante. Nauzet, a través de la ventana de su dormitorio contemplaba los juegos y las risas de aquellos niños. A él le apetecía tanto jugar con ellos… A veces, bajaba y se quedaba observándolos a distancia. De vez en cuando, corría detrás del balón cuando éste se escapaba y lo devolvía al grupo con una tímida patada para volver a ocupar su segundo plano.
Llegó septiembre y con él las ansiadas clases. Cuarto de Primaria. Todo iba a ser nuevo para él, el colegio, las clases, la maestra y los compañeros. Pensar en ello le agitaba por dentro. El inicio transcurrió tranquilo hasta que una mañana de octubre, durante el recreo, mientras caminaba por el patio vio a dos niños que se acercaban a él con un gesto de complicidad. Siempre estaban cerca de donde surgían problemas. Pasaron a su lado y lo empujaron hasta que cayó al suelo de espaldas.
Hizo el esfuerzo de tragrse las lágrimas, se levantó y continuó su camino sin decir nada a nadie. Se sentía herido en su orgullo y no entendía la actitud de los dos niños.
— Atrévete a decírselo a la seño— le amenazaron y se alejaron de él dejando oír sus carcajadas por todo el patio.
Un par de días después, de nuevo aquellos dos. Esta vez, sin cortarse un pelo, le pusieron una zancadilla. Nauzet cayó de bruces, se hizo daño en la boca y comenzó a sangrar.
Sin decir nada a nadie, se la lavó. Tenía un pequeño corte en el labio, pero sobre todo le dolía aún más la otra herida. Justo en ese momento, pasaba un maestro que al ver gotas de sangre en el suelo se acercó.
— ¿Qué te ha pasado? —le preguntó
— Nada, me caí —mintió.
El maestro le ayudó con la cura.
La vida solitaria de Nauzet no cambió. Es más, ya no mostraba interés por salir. Se volvió más retraído y apenas hablaba del colegio.
Rara era la semana en la que aquellos dos gorilas no inventaban la trastada para molestarle o hacerle cualquier tipo de daño. Carlos y Tanausú. Esos eran los nombres de aquellos niños que habían descubierto en Nauzet un filón para hacer sufrir. Además vivían en su misma calle, así que se veía obligado a tropezárselos cada día, cada hora.
Nauzet estaba siempre nervioso y angustiado. Se quedaba siempre en casa por la tarde y, para no salir al patio de recreo, permanecía en la biblioteca. Al menos allí no lo molestarían.
Pero, cuando Carlos y Tanausú descubrieron dónde se ocultaba, solicitaron entrar también. Ocuparon la mesa de enfrente y desde allí, sin hacer gestos que llamaran la atención a la bibliotecaria, lo miraban con gestos amenazantes dándole a entender que lo esperarían en la calle.
Nauzet no sabía qué hacer. El sólo quería tener amigos, pero las cosas no se le ponían fáciles. Allí, en el tablón de anuncios del colegio había un cartel con un número de teléfono al que podría recurrir, pero… no quería problemas.
—¿Qué lees?—preguntó la maestra.
La expresión de la cara de Nauzet fue como un libro abierto para ella.
Al día siguiente, se organizó un taller en la clase. Repartidos en grupos, los niños hablaban de sus sentimientos de rechazo, de temor ante otros compañeros que tenían distintas actitudes de agresión. Fue un trabajo intenso, pero provechoso. Establecieron entre todos un decálogo de buenos compañeros.
Carlos y Tanausú habían permanecido callados durante la clase. En el recreo, se sentaron en un banco, solos. Nauzet se acercó y trató de captar su atención con un álbum de estampas de fútbol.
—¿Qué quieres?
—Sólo quiero charlar un rato. Soy nuevo, no tengo amigos todavía y pensé que como somos también vecinos…
—¿Estás diciendo que quieres ser nuestro amigo, después de lo que te hemos molestado?... Tal vez otro día. Estamos ocupados.
Se levantaron del banco y le dieron la espalda.
Una mañana de domingo, mientras daba un paseo cerca del barranco con Polucho, llegó hasta una zona algo peligrosa. El terreno era abrupto y poblado de vegetación. Nauzet se apoyó en una piedra grande mientras el perro olisqueaba la zona. De pronto, oyó un crujido y al volverse comprobó aterrorizado que le habían seguido.
Allí estaban, sonrientes y triunfadores, como un cazador que haya encontrado su presa.
Llamó a su perro con la intención de marcharse pero los niños se lo impedían interponiéndose a cada uno de sus movimientos de huida.
De repente, Tanausú tropezó con una rama y cayó al abismo del barranco quedando sujeto débilmente al resto de un tronco de árbol caído.
El niño lloraba asustado y pedía ayuda a gritos.
Entre Nauzet y Carlos, que se apoyaron en el borde boca abajo, lograron sacarlo a la superficie ayudándose de la correa de Polucho.
Una vez arriba, los tres niños permanecieron sentados en el suelo. En silencio se miraban unos a otros. El perro ladraba nervioso, Nauzet volvió a sujetarle la correa y se alejó dejando a los chicos atrás.
Al día siguiente, toda la clase supo con detalle lo ocurrido en el barranco. Alrededor de Carlos y Tanauzú un corro de chiquillos escuchaban atentos la aventura.
La mañana transcurrió plácidamente. Ya contaba con grupo de compañeros que iban a venir a su casa a merendar y a hacer los deberes.
Nauzet salió corriendo del colegio con la mochila a cuestas y entró en la casa:
—¡Mamá! ¿Qué se puede preparar para merendar esta tarde? Es que van a venir varios amigos— dijo tirado en el suelo con Polucho que no paraba de lamerle la cara…

Bárbara García Rodríguez

viernes, 16 de julio de 2010


Como decía en el encabezamiento, el poema de Fernando González me inspira. Me gusta mucho cómo refleja el clima de las calles de su barrio, San Francisco. de Telde.
Empieza así:

"Las piedras de esta calle
se sabían mi nombre de memoria
de tanto que mi madre me llamaba
en los años primeros,
cuando yo de la casa me salía
sembrando la inquietud dentro de casa..."



  • ¿Qué significado tiene este poeta para nuestro centro?

  • El barrio de San Francisco es donde está ubicado nuestro colegio. Describe algunas características por las que es definido como histórico, casco antiguo del municipio de Telde.

  • En la biblioteca del centro hay un libro titulado: "Cuatro poetas de Telde" de Juan Vega Yedra. Localiza este poema y elige algunos versos que te gusten. Los leeremos en clase.